18.5.10

Podrida Pucela_2 LU


LU

Malditos exámenes de febrero. Allí estábamos otra vez, sentados en esas horribles sillas que están pegadas a la mesa del de atrás, y sin poder arrimarnos a nuestra propia mesa, con la luz apagada, y un papel en blanco delante de nosotros. Aislados de los compañeros, con esa curiosa practica del “uno si, uno no” y mirando fijamente a la pantalla donde se proyectaban fotos de edificios e iglesias con la vana esperanza de que en una de ellas apareciera una placa que nos dijera el nombre del monumento en cuestión. Pero eso nunca pasaba. Me distraje mirando hacia delante y contando el numero de alumnos que estaban escribiendo, el numero de los que disimulaban como que escribían y el grupo de los que, como yo y mi amigo Pablo, ya nos habíamos dado por vencidos hasta de disimular. Al contrario que nosotros dos, Sonia parecía ser de las que se lo sabían todo.

En esas estaba, y decidiendo si entregaba y me iba a echar un cigarro, cuando de repente me empezó a vibrar el móvil en el bolso. 1 mensaje nuevo de Azaroa Clase. Eso ponía la pantalla. Que querrá esta, en medio de un examen; será que ella tampoco tiene ni puta idea y ya ha salido, estará esperando para fumar.

Leo el mensaje y pone “Sal dl exmen ya!”. Que prisas, ni que fuera el fin del mundo. Miro alrededor y me encuentro una cabeza con el pelo asimétrico, con los ojos muy abiertos y cara de pánico asomada al ojo de buey de la puerta de clase. Era Ana. Si que tiene ganas de fumar, si. Entonces mire a Pablo, si nos íbamos a ir, tendría que avisarle. Le estaba diciendo que nos íbamos, que pasaba algo, cuando de repente, el silencio se rompió con un sonoro ¡Fuera!, el profesor pensaba que estábamos copiando y nos estaba echando de clase. Mucho más fácil así. Recogimos y nos fuimos, sin posibilidad de avisar a Sonia, que seguía ensimismada con una foto de “San Nicolás Mala Strana” o alguna iglesia de Borromini. No se, quien sabe que era aquella iglesia descolorida con molduras curvas.

Al salir de clase, nos encontramos con un jaleo impresionante, gente corriendo por todas partes, Ana y Jose exaltados; cabe destacar que Ana hablaba mas rápido de lo normal; algo sobre un ataque zombi, un compañero enfermo, un vámonos de aquí ya, y un no puedo dejar a Sonia aquí dentro fue lo único que entendí.

Acordamos esperar a que Jose salvara a su damisela en apuros. Íbamos a encerrarnos en algún sitio en el que estuviéramos mas o menos seguros dentro de la escuela, a esperar a que el volviera con Sonia, y pudiéramos planear algo todos juntos. A esperar fumando, claro.

Podrida Pucela_1 ANA



ANA

Miré otra vez el reloj. Parecía haber pasado media hora desde la última vez, pero el minutero solo había adelantado cuatro puestos. Iba a ser un examen muy largo. Miré mi hoja en blanco y levanté la vista con cuidado para ver qué hacía el profesor. Me estaba mirando. Volví rápidamente a mi fallido examen. Cogí la hoja de las preguntas y traté de invocar a la ciencia infusa para que me ayudase. Las fotografías me parecían todas iguales, interiores de iglesias decoradas a lo rococó con palomas y santos. Dejé el boli en la mesa y apoyé la cabeza en la mano, dispuesta a mirar al techo durante la próxima hora y media. Alguien carraspeó a mi espalda y me giré con disimulo. Mi amigo Jose me susurró “¿Te sabes la cuatro?” negué con la cabeza y le dediqué el signo del pulgar hacia abajo antes de volver a internarme en mis pensamientos. Bueno, solo era un parcial de Febrero, no era para tanto suspenderlo. Cogí el bolígrafo y empecé a dibujar en la hoja.

Estaba absorta rayando salpicaduras de sangre procedentes de mi profesor acribillado a balazos cuando sonaron unos golpes en la puerta. Pegué un brinco, siempre me han asustado los ruidos imprevistos. El profesor se levantó de la mesa y atisbó por el ojo de buey de la puerta. Abrió y entró, nervioso, sudoroso y con ojeras, un compañero. Los cuchicheos se empezaron a oír y los más hábiles echaron mano de las chuletas. El profesor se giró y nos miró, malévolo.

- Al próximo que no guarde silencio le retiro la hoja.

Miré mi obra de arte y decidí mantenerme callada. El profesor y el alumno hablaron en voz baja y agucé el oído. No conseguí enterarme de nada. El chico lleva en mi clase desde primero y nunca me he molestado en aprenderme su nombre. Jorge o Sergio, algo así. Tal vez, si me hubiera preocupado más de integrarme en la insípida manada que tengo por clase, me habría apuntado al viaje pre-exámenes que habían montado o a cualquiera de las insulsas fiestas que celebraban, pero yo no soy así. Por lo visto se lo pasaron bien, montones de fotos montando en camello o tomando té colgadas en sus respectivos tuentis lo atestiguaban. De todas formas no me suele gustar viajar. El chico tenía verdaderamente mala cara. Yo estaba deseando que pasara el tiempo para ir a echarme un cigarro y olvidar éste fracaso académico. Por fin, Jorgeosergio cogió una hoja de preguntas y caminó hacia el final del aula, donde aún quedaba algún sitio vacío. A medio trayecto, cayó desplomado sobre las baldosas de terrazo. El golpe sonó nítido y seco, como cuando tiras desde un balcón un huevo congelado. Todos nos levantamos e inclinamos para ver mejor lo que ocurría. Mis compañeros se apelotonaron en torno a él, tratando de ayudarle. Alguien gritó “No le mováis”. Jose y yo nos miramos y él aprovechó para chivarme un par de soluciones. Entonces, escuchamos el grito.

Era como un rugido agudo, como el gruñido de un animal, pero estridente, casi un chillido. Rápidamente se apartaron todos y pudimos ver cómo Jorgeosergio se aferraba con los dientes a la garganta de una compañera. Todos gritamos. El profesor intentó separarlos y se llevó un mordisco en la mano. Yo, ya que el examen estaba perdido, opté por coger la mochila y salir corriendo. Jose me seguía. Cuando vimos que el profesor y la rubia también empezaban a atacar a los demás, cerramos la puerta. Jose echó el pestillo. Gente de otras clases empezaban a salir al oír los gritos. Nos alejamos de allí y me mandé un sms a nuestra amiga Lu. “Sal dl exmen ya!”. Corrimos al aula donde estaban ella, Pablo y Sonia y nos asomamos al ojo de buey. Todos escribían tranquilamente. Busqué a mis amigos con la mirada mientras trataba de comprender lo que había pasado en mi clase. No lo conseguí. 

17.5.10

Z de Zombies 3 - Mieres

Un virus mortal logró extenderse entre la población sin que nadie tuviese claro de donde procedía. No hubo tiempo para averiguaciones ni para acusarse infundadamente unos a otros, antes de que nadie pudiese hacer nada para evitarlo, el virus había logrado extenderse con rapidez. Teóricamente el virus acababa con la vida de la persona infectada, pero instantes después hacía que volviera a despertar de su supuesta muerte. Sin embargo, ya no era la persona que antaño había sido: estaba privada de sentimientos, emociones, recuerdos… no era mas que un cascarón vacío que actuaba por instinto con comportamientos semejantes a los de un animal, podían considerarse unos nuevos depredadores y sin duda, los mas peligrosos que jamás hubiera conocido la raza humana. Estos seres, conocidos con el nombre de zombies, presentaban grandes limitaciones respecto al hombre: Eran lentos, sin inteligencia, sin capacidad de hablar (tan solo emitir algunos sonidos ininteligibles, similares a un gruñido) y no poseían una vista muy desarrollada, pero su sentido del oído estaba muy agudizado, acudiendo, sin dudarlo, a cualquier lugar en el que pudieran percibir algún tipo de sonido (cuanto mas intenso mas posibilidades habría de captar la atención de alguno de estos tenebrosos seres). No obstante, lo mas letal de su existencia era su obsesión por cazar a los vivos. Los zombies no acostumbraban a atacarse entre ellos pero se volvían locos ante la presencia de algún ser vivo (especialmente seres humanos) y aquí es donde radicaba lo peligroso de estos seres, pues sucumbir ante uno de esos muertos vivientes no significaba solo la muerte, sino convertirse en uno de ellos. Un simple arañazo o mordisco era suficiente para que la sangre de un humano se infectase y en poco tiempo se convirtiese en uno de esos temidos zombies.