ANA
Miré otra vez el reloj. Parecía haber pasado media hora desde la última vez, pero el minutero solo había adelantado cuatro puestos. Iba a ser un examen muy largo. Miré mi hoja en blanco y levanté la vista con cuidado para ver qué hacía el profesor. Me estaba mirando. Volví rápidamente a mi fallido examen. Cogí la hoja de las preguntas y traté de invocar a la ciencia infusa para que me ayudase. Las fotografías me parecían todas iguales, interiores de iglesias decoradas a lo rococó con palomas y santos. Dejé el boli en la mesa y apoyé la cabeza en la mano, dispuesta a mirar al techo durante la próxima hora y media. Alguien carraspeó a mi espalda y me giré con disimulo. Mi amigo Jose me susurró “¿Te sabes la cuatro?” negué con la cabeza y le dediqué el signo del pulgar hacia abajo antes de volver a internarme en mis pensamientos. Bueno, solo era un parcial de Febrero, no era para tanto suspenderlo. Cogí el bolígrafo y empecé a dibujar en la hoja.
Estaba absorta rayando salpicaduras de sangre procedentes de mi profesor acribillado a balazos cuando sonaron unos golpes en la puerta. Pegué un brinco, siempre me han asustado los ruidos imprevistos. El profesor se levantó de la mesa y atisbó por el ojo de buey de la puerta. Abrió y entró, nervioso, sudoroso y con ojeras, un compañero. Los cuchicheos se empezaron a oír y los más hábiles echaron mano de las chuletas. El profesor se giró y nos miró, malévolo.
- Al próximo que no guarde silencio le retiro la hoja.
Miré mi obra de arte y decidí mantenerme callada. El profesor y el alumno hablaron en voz baja y agucé el oído. No conseguí enterarme de nada. El chico lleva en mi clase desde primero y nunca me he molestado en aprenderme su nombre. Jorge o Sergio, algo así. Tal vez, si me hubiera preocupado más de integrarme en la insípida manada que tengo por clase, me habría apuntado al viaje pre-exámenes que habían montado o a cualquiera de las insulsas fiestas que celebraban, pero yo no soy así. Por lo visto se lo pasaron bien, montones de fotos montando en camello o tomando té colgadas en sus respectivos tuentis lo atestiguaban. De todas formas no me suele gustar viajar. El chico tenía verdaderamente mala cara. Yo estaba deseando que pasara el tiempo para ir a echarme un cigarro y olvidar éste fracaso académico. Por fin, Jorgeosergio cogió una hoja de preguntas y caminó hacia el final del aula, donde aún quedaba algún sitio vacío. A medio trayecto, cayó desplomado sobre las baldosas de terrazo. El golpe sonó nítido y seco, como cuando tiras desde un balcón un huevo congelado. Todos nos levantamos e inclinamos para ver mejor lo que ocurría. Mis compañeros se apelotonaron en torno a él, tratando de ayudarle. Alguien gritó “No le mováis”. Jose y yo nos miramos y él aprovechó para chivarme un par de soluciones. Entonces, escuchamos el grito.
Era como un rugido agudo, como el gruñido de un animal, pero estridente, casi un chillido. Rápidamente se apartaron todos y pudimos ver cómo Jorgeosergio se aferraba con los dientes a la garganta de una compañera. Todos gritamos. El profesor intentó separarlos y se llevó un mordisco en la mano. Yo, ya que el examen estaba perdido, opté por coger la mochila y salir corriendo. Jose me seguía. Cuando vimos que el profesor y la rubia también empezaban a atacar a los demás, cerramos la puerta. Jose echó el pestillo. Gente de otras clases empezaban a salir al oír los gritos. Nos alejamos de allí y me mandé un sms a nuestra amiga Lu. “Sal dl exmen ya!”. Corrimos al aula donde estaban ella, Pablo y Sonia y nos asomamos al ojo de buey. Todos escribían tranquilamente. Busqué a mis amigos con la mirada mientras trataba de comprender lo que había pasado en mi clase. No lo conseguí.

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